Se ha ido normalizando que los adolescentes, sobre todo chicos, se peguen “por diversión” o se insulten diciendo que es humor, pero esto tiene un trasfondo preocupante. En muchos grupos masculinos la agresividad se convierte en una forma de vínculo. Darse puñetazos, empujarse o humillarse en público se interpreta como confianza y fortaleza, y el que no participa puede quedar como débil.
Muchos chicos crecen con la idea de que deben ser duros, aguantar el dolor y no mostrar vulnerabilidad. Como no se les enseña a expresar afecto o emociones de forma abierta, la agresividad acaba funcionando como una forma distorsionada de conexión. El “es broma” sirve de escudo para no asumir el daño que pueden causar los insultos o los golpes.
El problema es que no todos lo viven igual. Algunos adolescentes pueden sentirse heridos, presionados o inseguros, pero callan para no perder su lugar en el grupo. Esto puede afectar a su autoestima, generar ansiedad y normalizar la idea de que el afecto y la violencia van de la mano.